Testimonios

La historia de Ana o cómo contagiar felicidad
La historia de Ana o cómo contagiar felicidad
48 años ago

La historia de Ana o cómo contagiar felicidad

Ana nos cuenta su historia; anímate y haz como ella. 

Soy Ana Olivo, tengo treinta y tres años y me diagnosticaron cáncer de mama hace tres. Fue mi hijo quien, dándome un golpe accidentalmente, me avisó de que ahí, en mi pecho, tenía algo que no era bueno… Desde entonces, mi cabeza empezó a fraguar la posibilidad de que eso podía ser cáncer, pero siempre con la esperanza de que en el mejor de los casos fuese un quiste de grasa. Por eso dejé pasar algo de tiempo, hasta que decidí ir al médico ya que mi pequeño incluso dejó de ser pequeño y empezó a ser doloroso. Después de la pertinente cadena de pruebas, tocó escuchar los resultados, me dejaron caer de golpe unas palabras que en ese momento os aseguro que pesaban más de cien kilos: “tienes cáncer y tienes que empezar con la quimioterapia ya”. Pues, sí, después de esas palabras vino la quimio, la radio, el chip de agente secreto o catéter… yo lo llamo mi chip de agente secreto, es un catéter que te colocan debajo del tórax y lo enganchan a la yugular; es la vía de acceso para que la ‘maravillosa’ quimio recorra tu torrente sanguíneo y arrase con todo, añadiendo el sentimiento de culpa que causan los daños colaterales.

Ana Olivo.

Llegó el día de la mastectomía. Me dormirían gracias a mi querida anestesia, despertaría de un dulce sueño siendo medio mutante, es decir, me quitarían mi pecho con pezón incluido y en su lugar colocarían un expansor relleno con un poquito de suero que me rellenarían cada semana con una jeringa a lo ‘Tarantino’, para poder estirar la poca piel que me quedase y así poder hacer un ‘bolsillo’ para mi prótesis definitiva. Iría por la vida con una sola teta, pero digo una cosa, mi cabeza seguía imperturbable, nunca me impactó mi nueva imagen, simplemente lo acepté, y tengo que ser sincera y decir que a la hora de plantearme el sexo con mi pareja me retraía, pero mi marido me hizo ver y sentir que seguía siendo igualmente preciosa y sexy con o sin teta mutante.

Hace tan solo dos semanas que terminé mi última reconstrucción de pecho; he estado en obras durante un año, me han puesto una prótesis y un pezón nuevo como si fuese una pieza de Lego. Tengo que decir que el resultado ha sido espectacular, la sensación ha sido como si hubiese cerrado los ojos durante un año y al abrirlos, otra vez, descubro mi nuevo pecho. Admiro y respeto a todas las mujeres que deciden mantener su herida de guerra tal cual, porque la imagen no hace a las personas sino el corazón.

Con mis 17 ciclos de quimioterapia a la espalda y 25 de radioterapia, más la mastectomía radical, linfadenectomía, incluyendo mi preciosa calvorota, mi perdida de diez kilos, tres muelas y las correspondientes secuelas, he de decir que todo eso ha quedado en segundo plano, porque he ganado muchísimo más de lo que he perdido. Me quedo con el cariño recibido, con los abrazos de más de seis segundos que mi hijo me daba para me curase pronto, con las sonrisas llenas de lágrimas de mi gente haciendo un esfuerzo sobrehumano por sujetarla… Las muestras de cariño que han sido infinitas y todavía las conservo en la memoria como si fuese ayer. Tengo energía positiva amontonada para dar y regalar, y digo que la vida es demasiado maravillosa para no disfrutarla aunque esta nos haga ir muy despacito durante el camino, pero es ahí en el camino donde valoramos cada segundo, cada risa, cada gesto, cada caricia de nuestros seres queridos, y cuando llega el momento en el que todo ya ha pasado, nuestras cabecitas se relajan y disfrutan, y liberamos endorfinas a borbotones porque nos sentimos bien y hemos aprendido a superar un obstáculo enorme, que gracias al sentido del humor, al amor y a los buenos momentos hemos logrado derribar con solo tocarlo.

Que tenemos que sacar el lado positivo de las cosas, que todo y todos tenemos nuestra parte positiva y esa es con la que hay que quedarse. Siempre digo que la felicidad es altamente contagiosa y si tú eres feliz contagias a los de tu alrededor y estos a su vez también liberan endorfinas, y ahí empieza a fluir la energía ‘buenrollera’ que nos envuelve a todos, esa que hace que la sonrisa se estire sola.

 

Ana Olivo es autora de dos libros “No me des caviar, dame amor y altos de pollo” y “Yo fui agente secreto”. También tiene un blog y forma parte del grupo “Corre en Rosa”. 

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