Sociedad

La señora Junot
49 años ago

La señora Junot

Relato de nuestra lectora Teresa. 

La señora Junot cogió una copa tallada de su mejor cristalería y se sirvió el Mumm Rosé que guardaba para ocasiones especiales, y ésta, sin lugar a dudas, era una de ellas.

Saboreó con deleite el espumoso, sintiendo cómo estallaban las minúsculas burbujas contra su paladar. Apoyó la espalda en su sillón preferido y elevó las piernas para dejarlas caer sobre la mesa de centro. En el regazo sostenía a Blacky, el bulldog francés que había adoptado tras ver su fotografía en una web de perros abandonados en busca de nuevos dueños. A veces, se preguntaba cómo ese perro tan caro había ido a caer en un orfanato de animales. Lo cierto es que ya no se imaginaba la vida sin el chucho; se pasaba la vida acariciándolo, y gracias a él, encontraba una buena excusa para salir a pasear tres veces al día.

Tras apurar la segunda copa de champán, se levantó y echó un vistazo al informe médico que le habían entregado esa misma mañana. Un diagnóstico no dejaba lugar a dudas: Carcinoma infiltrante con afectación de ganglios y metástasis en el pulmón derecho.

El por qué decidió celebrar aquella noticia tan mala con un champán tan bueno obedecía a su cabezonería y rebeldía, se negaba a entregarse a la desolación y el pesimismo.

Intentó ordenar sus ideas y dibujar la secuencia de gestiones y actividades que tendría que llevar a cabo.

Viuda desde hacía más de diez años, no había tenido hijos propios. Su difunto esposo, un acaudalado empresario que había amasado una pequeña fortuna exportando sistemas de riego por aspersión y ósmosis a los países árabes, murió en un accidente de tráfico cuando circulaba a 200 km/h en una vía a la que se podía ir a 60.

Apenas tenía familia, su marido aportó al matrimonio una hija y ella dos sobrinas de su único hermano: Chantal y Julia.

Chantal, pero sobre todo Julia, habían sido los amores de su vida. Las malcriaba y mimaba, llevándolas al cine y a merendar los sábados por la tarde, comprándoles ropa y zapatos y haciendo sus comidas favoritas los días que se quedaban a comer en su casa.

Las niñas habían crecido, se habían convertido en dos hermosas y valientes mujeres; Chantal vivía en Bélgica y Julia en Tenerife.

Pensó en llamarlas, pero luego abandonó la idea, al menos por el momento. Tenía primero que metabolizar la información, trocearla para poder digerirla mejor.

Y luego, pensó en llamar a Juan-Juan… Abrázame fuerte, estréchame entre tus brazos -murmuró para sí. ¡Qué nostalgia sintió de pronto! Recordó la primera vez que lo vió, con su bata de un blanco roto por no decir sucio, y su semblante tan serio y solemne, con esa cara de póker que no dejaba adivinar nada.

Era un hombre atractivo, alto y de complexión atlética que no dejaba asomar un ápice de grasa. Evocó el momento en el que modeló su cuerpo con los ojos cerrados, dibujando cada surco, cada pliegue de su piel, aspirando el olor a hombre sin colonias ni ungüentos y lo feliz que se sintió al saberse dueña de aquel cuerpo.

Tras ese momento de ensoñación, el ruido de una ventana al cerrarse de golpe la devolvió a la realidad…

Definitivamente, tenía demasiadas cosas que hacer y no disponía de mucho tiempo.

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