Sociedad

Lucía, su fe y su enfermedad
Lucía, su fe y su enfermedad
49 años ago

Lucía, su fe y su enfermedad

Haz como Flory y cuéntanos tus historias. 

El otro día, viendo la película americana Un pedacito de cielo, que trata sobre esa enfermedad a la que a mí me gusta llamar Ca, y también, de forma muy diplomática, trata sobre Dios y el cielo, me vino el recuerdo de una compañera de trabajo. Hace ya unos años que no se nada de ella, espero que siga en este mundo porque lo que ella pasó desde luego no fue un catarro.

Recuerdo que cuando me dieron plaza en un instituto, otra profesora de mi departamento, muy ‘amablemente’ me enseñó las instalaciones, las aulas… Y en el ir y venir por aquellos pasillos, me hablaba de los compañeros que iba a tener. ¡Por supuesto que me hablo de ella misma, más y mejor, enfatizando lo buena profesional que era y lo difíciles que hacía sus clases a los alumnos, y ya puesta, aprovechó para hablarme de Lucía… nada bien. Para mi hospitalaria nueva compañera, Lucía era una mala profesional, regalaba notas, no se relacionaba casi con nadie, excepto con Ana, su fiel amiga. Por cierto, Ana ya no está con nosotros y su historia es tan bonita que la contaré (si me la admiten).

Y sin conocer a Lucía, celebramos la primera reunión de departamento, nos presentamos todos los compañeros y cuando lo hizo Lucía, yo la miré con la curiosidad provocada tras los comentarios de nuestra compañera.

Comenzó nuestro curso, es cierto que apenas había cruzado palabras con ella, Lucía iba y venía siempre a lo suyo, pero si que inicié una buena relación con Ana, su amiga de verdad. Esta me contó que Lucía había sufrido mucho a causa de un tumor en la cabeza, pensaron que se iba a ir, pero se recuperó y volvió a su puesto de trabajo a petición propia, cosa que molestó al resto de los compañeros, pues ella era la más antigua en el centro y, por tanto, era la primera en elegir horario y grupos, de ahí el motivo de críticas destructivas. Analizando aquel tema ahora, me doy cuenta de que la vida es tan valiosa, tan frágil para algunos, que no merece la pena vivir para trabajar, y sí trabajar para vivir bien. Desechemos ciertas actitudes o envidias en el trabajo o en el quehacer diario que no traen nada bueno.

Los días iban pasando y el curso avanzaba, Ana y yo nos hicimos amigas y quedábamos en los recreos a tomar café. Lucía, a pesar de ser tan amiga de Ana, nunca acompañó a si amiga a la cafetería del centro. Ana dejó bien claro que era su amiga del alma y que jamás criticaría nada de lo que hiciese. A pesar de que al resto de los compañeros no le gustase, yo opté por quedarme al margen de todo, no conocía bien la situación y no quería opinar.

Una tarde estaba sola en mi clase preparando unos ejercicios, cuando entró Lucía, pensé que quería algo, pues hasta ese día, apenas habíamos intercambiado palabras, se sentó y me habló de su vida, me contó lo de su enfermedad, que tras un largo y duro tratamiento los médicos le dijeron que había que operarla y no le daban ninguna esperanza a una total recuperación. Tenía pocas posibilidades y decidió encomendarse a Dios, dejando esa cosa rara guardada en su cabeza, hasta que ÉL quisiera. Me sorprendió mucho la fe que tenía, y en ese momento la envidié, por eso de que la fe mueve montañas, y en su caso, su problema era bastante llevadero. Pertenecía a una asociación católica con la que colaboraba activamente. Para Lucía, Dios es un refugio muy grande, y si algo nos pasa en este mundo es porque así lo ha planeado; decía que Dios siempre tiene un motivo para cada uno, y que debemos aceptar lo que nos venga. Me invitó a ir a una de sus reuniones, y me dijo que sabía que yo también había pasado lo mío, se lo dijo su marido que me conocía de otro centro en el que estuve y le preguntó por mí al enterarse de que me habían trasladado allí.

En aquella época yo no hablaba de mí, ni de lo bueno, ni de lo malo, no me gustaba, a pesar de que todos me trataban como a una mujer muy simpática. Lucía se dio cuenta de que no me había hecho gracia que me preguntara, o eso pensó ella, me pidió disculpas por meterse en mi vida, le dije que no pasaba nada, pero que yo no tenía esa fe tan vehemente, es más, no sé si tengo fe. Le dije que me gustaría, se lo dije y lo digo de corazón, y a estas alturas, no sé qué tal ando con Dios, o que tal anda el conmigo, ni siquiera sé si andamos. Ella me dijo: “Aunque la vida te dé mil motivos para renunciar, Dios te da mil y un motivos más para seguir adelante”.

Después de aquella charla, nos hicimos amigas, empezó a contarme cosas de sus hijos, de su marido, de libros infantiles… Nuestros hijos eran pequeños, no volvimos a hablar de enfermedades físicas, pero sí de las otras, de las del alma. Sufría mucho con su marido y no se divorciaba porque su religión se lo prohibía, ¡estaba tan encomendada a Dios…! Para consolarse, decía que Dios le había puesto la prueba de la enfermedad y del marido, pero a cambio le había dado hijos sanos e inteligentes. Yo le dije que la vida es corta y que hemos venido a este mundo a intentar ser felices, si no es al lado de una persona será al lado de otra, incluso solos, que un divorcio no puede estar en contra de Dios, idea que no compartió.

El año pasado, tras un periodo muy largo sin saber nada de ella, mi querida amiga Paloma, que también la conoce, me contó que había tenido un cáncer de mama, bastante agresivo, y que la habían operado. Intuyo que no quiso darme más detalles, me quiere mucho y no le gusta contarme cosas tristes. No la llamé porque no tengo su teléfono. Lo pasó muy mal, pero estoy segura de que ella sigue encomendada a su Dios del alma, y que gracias a Él ha superado la vida y superará la muerte, su Dios es su camino, es quien organiza su vida y todo lo que pasa es porque tiene que ser así, y así es como ella lo pensaba.

El tiempo ha pasado, después de varios cursos juntas, yo volví a cambiar de centro, ella quedó allí, y allí quedó nuestra amistad, en el sitio donde nació. Creo que hay amistades y situaciones que tienen su propio tiempo y espacio. Aristóteles dijo: “Un amigo de todos es una amigo de nadie”. Es posible que Lucía también pensara de esa manera y por eso tenía pocos amigos en el centro. Pienso que tenía un guía que le daba mucha fuerza a su vida: Dios.

 

Por: Flory

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