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El papel del nutricionista y de una buena alimentación durante un cáncer
El papel del nutricionista y de una buena alimentación durante un cáncer

El papel del nutricionista y de una buena alimentación por Willy Ollero

48 años ago

El papel del nutricionista y de una buena alimentación durante un cáncer

Tan importante es tener una dieta variada como mantener unas condiciones adecuadas en las comidas. Cuándo, cómo y dónde comer a diario son factores fundamentales a tener en cuenta. Hablamos con dos nutricionistas sobre ello.

La figura del nutricionista y el tratamiento oncológico 

La figura del nutricionista con pacientes en tratamiento oncológico o con personas que hayan superado un cáncer es fundamental. Uno de los síntomas del cáncer es la pérdida de peso, en mayor o menor grado, dependiendo de los tumores, a la que va asociada una disminución de la masa muscular y de los componentes nutricionales básicos de la dieta diaria como proteínas o minerales. Por eso, el trabajo de un nutricionista es fundamental. Hablamos con María Pellón, vocal de alimentación del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Valladolid y directora de la clínica Nutrición en casa; y con Pedro José Robledo Sáenz, nutricionista de la Clínica Anderson de Madrid.

¿Cómo es el trabajo de un nutricionista con un paciente oncológico?

María Pellón: En primer lugar, se le pregunta qué tipo de tratamiento tiene o ha tenido (farmacológico y médico), qué tipo de cáncer es y qué pautas sigue. Lo primero es realizar una analítica para ver si hay algún parámetro bioquímico modificado y que se pueda intentar mejorar con la nutrición. A partir de ahí, se le hace una serie de preguntas de cómo le afecta el tratamiento, si tiene dificultades (náuseas, alimentos que no sientan bien…), si sigue comiendo con el mismo apetito, los horarios… Sí que es cierto que la mayoría de las personas en tratamiento bajan de peso y en ocasiones hay que darle algún suplemento nutricional. La nutrición es bastante importante.

Pedro José Robledo: El paciente de nuevo diagnóstico que llega al hospital tiene unas características muy diferentes del que ya ha sido tratado. En el primer caso, se hace un trabajo de diagnóstico nutricional en relación con su situación específica en ese momento, que puede estar relacionada con la enfermedad en sí misma o con el tratamiento o cirugía que va a recibir. En el segundo, el paciente ha podido recibir un tratamiento (quimioterápico, radioterápico o quirúrgico) y puede haber una serie de secuelas que impidan una alimentación completa, por lo que se tendrá que hacer un seguimiento para evitar la desnutrición. El trabajo es diferente, aunque la aplicación pueda ser muy similar dependiendo de cada situación.

¿Cómo se trabaja la sustitución de alimentos cuando se producen náuseas, sabores metálicos…?

M. P.: Es una negociación con el propio paciente, es intentar buscar sabores neutros y texturas agradables. A través de unas encuestas de varios alimentos, el paciente puede elegir.

Desde el punto de vista del nutricionista, ¿se trata diferente la dieta de un niño a la de un adulto o de una persona en edad avanzada?

M. P.: Sí, por supuesto. Cada etapa de la vida tiene unas necesidades, incluso se hace diferente con la menopausia o en deportistas de alto rendimiento, etc. Es importante la entrevista personal que hacemos al paciente. La idea es que esté personalizada, que se sienta cómodo a la hora de alimentarse y establezca un hábito de por vida, que no sea una cosa puntual que se quede en la consulta.

P. J. R.: Sí, en todas esas fases, las necesidades nutricionales van a cambiar y, por lo tanto, va a haber un acondicionamiento diferente en función de la situación específica de la edad y en relación a la enfermedad.

¿Es importante respetar los horarios de las comidas?

M. P.: Es importante respetar los horarios y el lugar de comida, comer siempre en el mismo lugar y bajo las mismas condiciones. A muchas personas el olor les afecta y se recomienda ventilar el lugar donde van a comer una vez preparada la comida. Sentarse en un asiento recto, masticar despacio, tenerlo todo al alcance para que sea fácil, realizar 5 o 6 comidas al día, y luego, seguir las pautas para la población en general, como no comer con la televisión encendida y comer acompañados para que sea más agradable. Todo ello hay que cuidarlo.

P. J. R.: Claro que sí. En la alimentación básica de todos el ritmo horario está relacionado con la mayor necesidad y aporte energético en un momento determinado. Hay muchos estudios que hablan de las condiciones biológicas relacionadas con la ingesta alimentaria, y algunas patologías, como la obesidad, en las que nuestro reloj biológico puede intervenir en relación con la ingesta y nos puede hacer ganar o disminuir peso. En general, se supone que nosotros tenemos que tener una frecuencia de consumo alimentario de entre 2 y 3 horas. Lo que va a cambiar es el aporte energético frente a la frecuencia. Se deben hacer 5 comidas al día. Si necesitamos un aumento de frecuencia por una patología digestiva debido a una intervención quirúrgica, la frecuencia aumenta y las cantidades disminuyen, pero el aporte energético total se establecerá de acuerdo a las necesidades del paciente.

La dieta es muy importante, pero en sí misma no es un tratamiento contra el cáncer…

M. P.: No, no hay evidencias científicas de que con una dieta puedas llegar a una curación del cáncer. Sí que es cierto que la alimentación es un factor tanto de riesgo como de calidad de vida, y se pueden corregir ciertos aspectos. Se pueden obtener logros, pero por sí misma es complicado a día de hoy poder atribuir propiedades anticancerígenas 100 % a un alimento.

¿No hay que fiarse de las ‘oncodietas’ porque no curan?

P. J. R.: Exactamente, esa es la primera condición. Lo que hace la dieta a día de hoy es mejorar los síntomas que produce la enfermedad, pero no curarla. No sé si de aquí a unos años los componentes de la dieta podrán tener una utilidad tan grande y tan importante para ser elementos terapéuticos de la propia enfermedad. Por ejemplo, si un paciente tuviera diarrea, un déficit de deglución o una disfagia, implicaría un cambio en los componentes de la dieta, y eso haría que los constituyentes que la forman pudieran disminuir los efectos secundarios de la enfermedad o del tratamiento, pero no es el tratamiento de un tumor.

Pero sí hay componentes en algunos alimentos que ayudan, por ejemplo, a reducir la inflamación.

M. P.: Sí, sobre todo la inflamación y los famosos antioxidantes que neutralizan los radicales libres (son una sustancia tóxica para el organismo que envejece los tejidos y a la larga puede derivar en tumores), pero tampoco hay una evidencia de que una proporción de elementos antioxidantes puedan evitar un cáncer.

P. J. R.: Desde el punto de vista científico, se está avanzando en cuanto a alimentos funcionales. Hablar de control de los síntomas que produce la enfermedad mediante algunos alimentos podría ser correcto, pero hablar de ‘oncodieta’ como elemento terapéutico de la enfermedad no lo es.

¿Qué alimentos son los que tienen componentes beneficiosos?

M. P.: Para reducir la inflamación, actualmente, la tendencia es reducir las carnes rojas,las grasas saturadas y los alimentos procesados. En resumen, alimentos de origen vegetal, semillas y legumbres.

P. J. R.: Nosotros, los nutricionistas y dietistas, una de las principales cosas en las que incidimos es en lo mal que comemos y la influencia que eso está teniendo en otras enfermedades. La OMS indica que el principal problema que estamos teniendo ahora es no solo la irregularidad en el consumo alimentario sino la mala alimentación. El primer factor y más importante para reconducir todo esto es llevar una dieta lo más variada posible adecuada al grupo poblacional. En cada fase (niños, mujeres con lactancia, edad avanzada, pacientes oncológicos) necesitamos un acondicionamiento adecuado, pero lo más importante es que todas las fases necesitan variedad, que es lo que no hacemos, cada vez somos más lineales en lo que comemos.

¿No se valora tanto la nutrición cómo se debería?

P. J. R.: No, no somos conscientes del riesgo que a veces tomamos por comer de una forma inadecuada. No por comer una cosa en un momento determinado, sino por comer de una forma continuada lo que no nos corresponde. Seguramente, en las grandes ciudades el estrés que supone el día a día hace que todo vaya tan rápido y que dentro de esa rapidez sustituyamos comidas o las elaboremos precocinadas con elementos añadidos que no son los adecuados. Hemos mejorado mucho en el control higiénico de nuestra alimentación, muchísimo, pero no quiere decir que el resto lo hagamos bien.

¿Durante el tratamiento oncológico es importante una alimentación sana?

M. P.: Sí, es un trabajo paralelo con el médico, conjunto. En algunos casos, donde el paciente presenta pérdida de proteínas y bajo peso, hemos logrado el alcance adecuado para seguir con su pauta médica.

¿Qué opina de la dieta alcalina vs. acidificante?

M. P.: No me atrevo a opinar sobre esto porque aunque es cierto que se ha hecho una clasificación por grupos de alimentos alcalinos y ácidos, no hay nada claro en ello. Sí que es cierto que por prueba-error hay testimonios que han seguido estas dietas y han logrado grandes avances, pero son grupos de personas concretos y todavía no hay una muestra significativa para poder demostrarlo científicamente.

P. J. R.: Si haces una búsqueda en relación con la dieta alcalina y el tumor, seguramente no vas a encontrar datos de efecto terapéutico como tal, o yo no los conozco, sino de componentes que pueda tener esa dieta en relación con aspectos de la inflamación celular o el déficit nutricional, pero eso no indica que sea un elemento terapéutico. Ahora bien, algo favorable de estas dietas es que una de las cosas que muchas veces proponen, sin ser una dieta adecuada ni terapéutica, es un cambio importante en la ingesta habitual de los alimentos en una persona, y pasamos de personas que habitualmente no toman frutas o verduras a personas que las incluyen en su alimentación, y esto siempre puede ser de utilidad.

¿Tan importante como una buena dieta es no llevar una vida sedentaria?

P. J. R.: Si tuviéramos que decir cuáles son los pilares de la prevención de la población en general, serían, en primer lugar, la alimentación, que sea adecuada a la situación, lo más variada posible y sin aporte energético por encima de lo que nos corresponde; el ejercicio, y una parte también importante es el sueño, el descanso. Estos tres pilares son los más importantes para una mejor salud.

¿Hay que alcanzar un equilibrio en todo lo que se come?

P. J. R.: Es muy importante. La tendencia es que cuando se habla de alimentos que puedan ser de ayuda porque tienen un componente nutricional determinado (por ejemplo, aporte extra de hierro) que puede favorecer la salud, se está hablando de la población general. Es decir, de personas sanas que a pesar de estar bien pueden tener carencias; y estos alimentos, por tener esos componentes, nos pueden ayudar a cubrir esas carencias. Pero cuando hablamos de una enfermedad, sobre todo de cáncer, sabemos que tiene alrededor de doscientas más; no es solo una enfermedad. Hay unas variantes enormes entre la situación, las características del tumor, la aceptación, el tipo de tratamiento, las fases… Todo esto puede influir en qué aporte sería el mejor y el más necesario. Las cosas que valen para la población general no siempre son útiles para prevenir una patología concreta con un tratamiento concreto.

¿Tanto los pacientes oncológicos como los que han pasado por un tratamiento de este tipo deberían acudir a un nutricionista?

P. J. R.: Como a otros muchos especialistas. Contribuimos a ayudar a una parte del tratamiento de la enfermedad, que es multidisciplinar. El principal problema de la enfermedad, cuando se ha diagnosticado, es el grado de desnutrición que presenta y cómo corregirlo; por eso, cuanto antes intervenga el nutricionista en colaboración con el oncólogo, más posibilidades tiene de respuesta terapéutica en cuanto a la mejora del tratamiento que va a recibir por parte de oncología.

Por: Gemma Aliste Ilustración: Willy Ollero

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