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Un día en el hospital
Un día en el hospital

Un dia en el hospital Foto: Marlon Lara on Unsplash

49 años ago

Un día en el hospital

En La Vida en Rosa, hablamos de cáncer entre nosotras ya lo sabéis. Y nos encanta cuando nos escribís para que publiquemos vuestras vivencias. Vosotras pero también vosotros porque, que seamos mujeres o hombres, el miedo, la incertidumbre se instalan en nuestra vida con total igualdad. Os dejamos con la historia de Günther que habla de un tema muy serio, pero lo hace con mucho sentido del humor. 

Valérie Dana, Directora de La Vida en Rosa  

Que hay varias maneras de medir del tiempo todos lo sabemos. La manera más usual –y probablemente aburrida- es medir el tiempo con el reloj, el calendario o el Outlook. Con esa manera de medir el tiempo, un año siempre tiene 12 meses, un día 24 horas, cada hora 60 minutos, etc….

Otra manera de medir el tiempo es más subjetiva. De esta manera, el tiempo se encoge o se estira como una goma, y todo es más relativo. Para una pareja que se ama, una tarde de juegos puede ser, a la vez, infinita o muy corta. Infinita, puesto que mientras duran el encuentro, los besos y los mimos, el mundo se para y el tiempo se hace infinito. Y muy corta cuando al final, después de mil sonrisas y confidencias, deben levantarse de nuevo de la cama.

De manera similar, la duración de un “pasillo de campeones” que le hacen unos futbolista al equipo contrario cuando éste gana la Liga solo dura escasos segundos con el reloj en la mano; pero supongo que se les hace eterno  cuando el pasillo lo tienen que hacer al  “eterno rival” y además en su propio campo.

Algo parecido ocurrió con mi operación de cáncer de testículo. Con el reloj en la mano, pasé en el hospital poco más de día y medio; 41 horas para ser exactos desde la entrada hasta recibir el alta. Sin embargo, tan corto espacio de tiempo permitió un gran número de anécdotas y chascarrillos, que me dispongo a relatar en esta historia. Como algunos de estos momentos fueron verdaderamente divertidos y surrealistas, he falseado la percepción del tiempo, y he elegido un título “marxista” para esta historia. He aquí mi relato de:

“Un día en el Hospital”

El Centro Oncológico MD Anderson, al final de la calle Arturo Soria de Madrid, es un moderno hospital (y grande), centro de referencia para el tratamiento de cualquiera de los aproximadamente 70 tipos distintos de cáncer que se conocen…y una gran empresa que funciona como un reloj.

El diagnóstico

Yo tuve mi primer contacto con MD Anderson el día 30 de abril por la tarde. Otro urólogo me había diagnosticado el 24 de abril un probable cáncer en el testículo derecho, y me había sugerido obtener una segunda opinión. 

Al hablar con la Admisión del hospital y relatar mi caso, entendieron perfectamente la urgencia, y me citaron para el mencionado día 30. El Dr. Nuñez Mora me atendió solícito a las 16:00 en punto. Escuchó mi relato, leyó los informes y las ecografías que traía, me hizo una revisión…y fue tajante: hay que operar lo antes posible.

  • “No le opero mañana mismo, porque es 1 de mayo, Fiesta del Trabajo. Pero ¿qué le parece el martes, día 5 de mayo?”

Las pruebas 

Me pareció bien. Dicho y hecho. Esa misma tarde, el cardiólogo comprobó el estado de mi corazón, y quedé para el lunes, 4 de mayo, con el Jefe de Anestesistas a las 12.30 para discutir los detalles de la anestesia. (Dado el anterior diagnóstico probable, ya tenía preparados los TAC de pelvis, abdomen y tórax, así como la analítica de sangre). 

El Jefe de Anestesistas me recibió, puntual como un reloj suizo. Revisó mi historia, me explicó la anestesia que me sugería (anestesia epidural de medio cuerpo, con sedación) y me pidió que firmara el consentimiento informado. Hecho ese trámite, la Jefa de Enfermería tuvo una breve reunión conmigo, confirmando algunos flecos (venir en ayunas, lavado y peinado,  y cosas parecidas) y me citó para entrar al día siguiente a las 16:00 horas. Hora de inicio prevista para la intervención: 18:00 horas. Duración prevista de la intervención: 45 minutos. Alta probable, el jueves día 8.

Poco después de comer, recibí una llamada al móvil, comunicándome un “pequeño ajuste” de los planes. Mi intervención se retrasaría hasta las 18:30, por lo que me esperaban en Recepción media hora más tarde, a las 16:30. Pensé para mí: “Estos tíos si que son profesionales”. Aún me esperaban varias demostraciones más de lo que es la profesionalidad en un hospital moderno.

Llega el día 

Al día siguiente estaba con mi bolsa de viaje en la Recepción a las cuatro y media, como un clavo. Delante del gran panel que indica los diferentes servicios del hospital (laboratorio, sala de quimio, sala de radio, consultas, farmacia, etc.) señalé la indicación de “Extracciones” y le dije a mi mujer con un leve golpe de codo:

  • “Mira, aquí es donde tenemos que ir”.

Sin darse cuenta de que yo le estaba vacilando, me contestó muy seria:

  • “Mejor pregunta en Recepción. Yo creo que eso de Extracciones es mas bien para sacar la sangre de los análisis….”

Me asignaron la habitación 232. Subimos. Milagros se trajo una revista, y yo llevaba dos pequeños libros conmigo, porque pensaba que tendría largos períodos de espera y tiempos muertos, pero también en eso me iba a llevar una sorpresa. 

Making cancer history 

Recuerdo someramente cuatro o cinco “interrupciones” preparatorias: la medición del azúcar en sangre, la medición del pulso y de la presión arterial, otra enfermera que vino para recordarme que no debía pasar al quirófano con llavero ni monedas, etc. etc. También subió lo que en un hotel sería el “Servicio de Habitaciones”, dejando una bolsa de aseo bien surtida. En todos los elementos de la bolsa, la “marca” de la casa: MDA, y en la bolsa misma y bien visible, el slogan “Making cancer history”. Mi vena de empresario de la traducción salió a relucir, y estuve un rato dudando entre dos posibles alternativas para la traducción al español:

  1. Haciendo historia en (con el) cáncer, en el sentido de que están escribiendo la historia de la enfermedad con sus avances y progresos. 

O bien

  1. Haciendo que el cáncer sea historia, en el sentido de que gracias a los avances, la enfermedad está siendo superada.

(Los clientes de la Agencia muchas veces no se dan cuenta de que las traducciones más laboriosas y más difíciles son este tipo de textos cortos y de carácter publicitario. Y se creen que nosotros somos capaces de hacer en dos minutos, y por cuatro céntimos, la traducción de un texto publicitario que en inglés seguramente les ha llevado varios días, por no decir semanas, y les habrá costado sus buenos miles de euros. Así de dura es la vida de los profesionales de la traducción).

Código de barras 

En esto estaba, cuando entró una señorita que me hizo entrega de una bata y unos artilugios verdes para cubrir la cabeza y los pies. También me colocó en la muñeca izquierda una pulserita de plástico, con mi nombre, mi número de historial y un código de barras. Cuando la señorita ya se estaba dirigiendo hacia la puerta, levanté la mano y le dije a mí mujer, mostrando la pulsera:

  •  “Mira, ahora parezco un yogur, con código de barras y todo. Espero que el plazo de caducidad sea muy largo”.

Al ver la pulsera en la muñeca izquierda, Milagros salió disparada como una flecha detrás de la enfermera, que ya estaba saliendo por la puerta:

  • “¡Señorita, señorita! Oiga, oiga, que no es el izquierdo, que es el derecho el que le tienen que quitar….”

Una vez aclarado el pequeño malentendido, ya estaba entrando un celador con la silla de ruedas.

  •  “Buenas tardes, Günther, diez minutos para la operación. Por favor, desnúdese al completo y póngase la bata y los protectores del cabello y de los pies. No se olvide de quitarse las gafas y el reloj. No lleve consigo ni llaves no monedas ni ningún objeto de metal”.
  • “Como no me lo meta por el trasero, no sé como iba a llevar nada de metal encima” pensé para mí, mientras me ponía la bata.

Al acabar de prepararme, un beso de Milagros, quién me dijo en un suspiro:

  • “¡Suerte!”.

Yo le contesté con una leve sonrisa:

  •  “Eso, al anestesista y al cirujano, que son los que actúan. Yo voy de oyente. ¡Hasta luego!”

Torre de control 

Dos minutos más tarde, me hallaba sentado cómodamente en la silla de ruedas, y con el celador llevándome a toda pastilla por los pasillos del Hospital. ¡Se ve que la “torre de control” le estaba metiendo prisa! Me subió a la 3º planta – “Complejo Quirúrgico” decía el cartel de la puerta-, y me dejó aparcado en una pequeña salita, con mi historia médica encima de las rodillas.

Entró el Jefe de Anestesistas.

  • “Buenas tardes, Günther, ¿se acuerda Vd. de mí?”
  •  “Si, claro que me acuerdo, Doctor, buenas tardes”.
  • “Bueno…veamos….de cintura para abajo, ¿no?

No entendí bien, y debí de poner cara de tonto, porque con  una rápida sonrisa, me dijo:

  • “Si, hombre, anestesia de cintura para abajo, con sedación. ¿No se acuerda Vd.?

Asentí mudo, sin decir palabra, pero por mi cerebro pasó fugazmente la orden a cocina: “Marchando una de anestesia epidural, de cintura para abajo, con sedación”. “Oído cocina”.

  • “Bien, Günther, la Dra. Elena Quintana es quién se va a encargar de su anestesia. ¡Mucha suerte!”

Le repetí lo que ya le había dicho a Milagros:

  •  “Eso, a la Doctora Quintana y al Dr. Nuñez Mora, que son los espadas. Yo solo vengo de oyente”.
  • “Vale. De su parte se lo diré, tranquilo”.

Me dio un fuerte apretón de manos y desapareció sonriendo.

Me entraron en una de la salas de operaciones. No fui capaz de ver el número, pero me di cuenta de que había varias. Comprobaron una vez más que yo era yo, que mi código de barras era el mío, y se cercioraron de lo que había que operar. ¡El derecho, no el izquierdo! Con estas cosas no se juega, y más vale pecar por exceso que por defecto.

Bajo las indicaciones de la Dra. Quintana, me aplicaron la anestesia en la espalda y me pincharon en una vía de la muñeca izquierda un artilugio con tres llaves de paso, que enchufaron a diferentes goteros. El artilugio tenía cierto parecido a los sprinkler que se instalan en los jardines para regar el césped. Me lo pegaron con unas tiras grandes de esparadrapo.

Pulso musical  

Me sorprendió que en la sala de operaciones tuvieran la música puesta. Desde los altavoces del techo sonaban los 40 principales. Tumbado boca arriba, y escuchando la música, podía oír las instrucciones que se iban dando los unos a los otros, todas acompañadas de un “por favor” o de un “gracias”. El tono era distendido y amable, y muy, muy profesional.

Enchufado al gotero y escuchando los sonidos, tuve la sensación de estar en un moderno taller de mecánica del automóvil, solo que mil veces más limpio, ordenado y bien gestionado. ¡Solo faltaba algún que otro calendario de señoritas enseñando…los valores internos!

Mientras iban comprobando como se me quedaban dormidas las piernas, alguien comenzó a “hacerme las ingles”, más concretamente la ingle derecha. En lugar de utilizar la cera, lo estaba haciendo con una Braun Epilady o similar.

Lo último que noté y escuché fue como unos golpes leves en el abdomen, y la Dra. Quintana diciéndome:

  •  “Ahora estamos comenzando a abrirle, Günther”.

A partir de ese momento, la sedación hizo su efecto, y no me enteré de nada más.

45 minutos 

Se ve que la doctora calculó muy bien, porque mi siguiente recuerdo fue el momento en que dos celadores me pasaron de la camilla de nuevo a la cama. ¡45 minutos exactos! Tengo la sensación de que este Hospital lo tiene todo perfectamente baremado…igual que un taller sabe que un cambio de aceite son 20 minutos, o el cambio del escape 1 hora y media. ¡Que precisión!

Aún estaba sorprendido. No sentía las piernas –como Rambo-, pero a los 45 minutos estaba perfectamente despierto y consciente, y sin dolores especiales, salvo cuando movía el cuerpo.

Después de una rutinaria comprobación de temperatura, pulso y tensión, una señorita me preguntó:

  •  “Buenas noches, Günther, ¿Qué tal se encuentra? ¿Tiene Vd. apetito? ¿Le apetece que la traigamos algo de cena?”.
  • “Vaya pregunta más tonta. Tráigame por favor todo lo que tenga de cenar…y dos huevos duros”.
  • “No le haga caso, es un bromista”, terció Milagros, “siempre está vacilando”.
  •  “Eso es bueno, que vacile…y que tenga apetito. En seguida la traigo su bandeja”.

No puedo decir que fuera un manjar de cardenales lo que me trajeron, pero me calmó un poco “la gusa”: un caldo ligerito –y soso- de pollo, un puré de verduras –también soso-, todo ello acompañado de un bollito de pan y una botellita de agua. Y de postre, un yogur. La clásica dieta blanda de recién operado. Menos da una piedra.

Primera noche

Mi primera noche de recién operado fue sorprendentemente buena y tranquila. Quitando algún que otro ronquido de mi mujer, todo fue paz y sosiego. Bueno, la verdad es que estuve en algunos momentos un poco incómodo…pero era por el bochorno que hacía. Me sentía sudoroso y pegajoso. Hacia las dos de la madrugada, encendí un momento la luz para tratar de deshacer el lío de sábanas que había formado. Al levantar la sábana y tratar de retirarla hacia abajo, ví que la bata estaba teñida de un rojo sanguinolento desde el ombligo para abajo. La verdad es que no lo vi bien del todo –no llevaba puestas las gafas- pero me estremecí y pensé para mí “Dios, ¡que escabechina!”. Apagué rápidamente la luz para no ver más. Afortunadamente, estaba tan cansado que en seguida me volví a dormir, sin más.

A las 5:30 sentí por primera vez ganas de orinar. Encendía la luz, desperté a Milagros y le pedí que me acercara la botella correspondiente. No sin cierto esfuerzo, la coloqué entre mis piernas –(a la botella, no a Milagros)-, traté de atinar con el cuello de la botella y comencé a hacer presión. Poco a poco, muy lentamente, la vejiga empezó a seguir mis órdenes…y medio llené la botella.  

  • “Menos mal”, le dije a Milagros, “al menos “eso” sigue en su sitio”.  
  • “Que bobo que eres. Pues claro que sigue en su sitio. ¿Qué te has creído?” “Ya, pero mira que escabechina me han hecho, todo lleno de salpicaduras de sangre”, le contesté, subiéndome un poco la bata y enseñando el abdomen, las ingles y las piernas.
  • “Anda, anda, teatrero, toma, ponte las gafas y mira tu mismo, tontorrón. Eso no es sangre, parece más bien Betadyne o algo así”.
  • “Oye, pues es verdad. Menudo susto. Muchas gracias, qué peso me acabas de quitar”.

Le devolví las gafas y me dejé caer rendido hacia atrás sobre al almohada. Aprovechamos las siguientes dos horas más o menos para dormir otro poquito.

En seguida comenzó el baile. No tomé nota exacta de todas las personas que fueron desfilando por la habitación, entre enfermeras tomando la temperatura, la tensión y el pulso, o administrando medicación por el gotero, celadoras trayendo el desayuno y retirando la bandeja, el “servicio de habitaciones” limpiando la habitación, retirando el cubo de basura, trayendo más jabón, toallas, etc. Incluso un técnico de mantenimiento, que vino a ver si estaba bien sintonizada la televisión.

  • “Querrá ver Vd. esta noche el pasillo del Barça al Madrid en el Bernabeu, ¿no?”, me dijo con una sonrisa cómplice.
  • “Hombre, muy futbolero, muy futbolero no soy, pero por ser Vd. tan amable y revisar la tele, igual veo el primer gol del Madrid”, le seguí la marcha.
  • “¿Un gol? Quite, quite….los tiene que ver Vd. todos. Cinco les vamos a meter, una manita, pá que se vayan enterando…”. (Al final, “solo” fueron cuatro, pero el técnico estaba entusiasmado y desbordaba optimismo.

Al poco rato, se hizo realidad uno de mis sueños secretos. (Y el de todo hombre bien nacido): entraron dos señoritas –una rubia, morena la otra- y disfruté de un buen baño de espuma con las dos. Claro que el resto de las circunstancias no se ajustaban mucho a mi sueño –ellas iban vestidas, estaba mi mujer presente, y el baño no fue en un jacuzzi con aceite de pétalo de rosas, sino con gel neutro desinfectante y postrado yo en el lecho-. Por otro lado, casi mejor así; recién operado como estaba, no creo que hubiera hecho yo un gran papel de haber estado en el jacuzzi…

Con tanta ida y venida, el hecho es que aquello se iba pareciendo al famoso camarote. Solo faltaban el ayudante del plomero, el plomero y la manicura… Menos mal que en lugar de un gran baúl de viaje, yo había traído una sencilla bolsa…

A última hora de la tarde – coincidiendo con el pasillo triunfal del Barça al Madrid- vino de visita el Doctor.

  • “¿Qué tal se encuentra, Günther? Ya me han dicho que se encuentra Vd. muy animado, ¿no?”
  • “Bueno, no me quejo. Hago lo que puedo para que no decaiga el ánimo de su equipo.”
  • “Eso está bien. Bueno, a lo que venía: la operación ha ido bien. Efectivamente, era un tumor. Me lo acaban de confirmar desde Patología. Ahora, solo falta “ponerle el apellido”. El miércoles de la semana que viene se viene Vd. a la consulta y seguiremos viendo”.
  • “Doctor, yo ya sé el apellido de mi cáncer”, le respondí.

Bromeando 

El doctor levantó las cejas. A los doctores no les gustan los pacientes respondones, que además van de listillos. 

  • “Ah, ¿si? ¿De veras? ¿Y cual es el apellido?
  • “Muy sencillo, Doctor, se trata de un cáncer….cabrón.”

Aún no sé si no hice una pausa suficientemente larga entre ambos términos, o si el Doctor es un poco lento de reflejos. Quizás es que también estuviera muy cansado. Eran más de las 9:30 de la noche, y él había estado operando, pasando consulta y visitando a sus pacientes. El caso es que no se quedó  mudo.

  • “Me refiero al cáncer, no a Vd., Doctor”.

Ahora sí; se rió a mandíbula batiente. Sujetándose las gafas para que no se le cayeran, me contestó:

  • “Bueno, si, eso lo son todos, pero unos lo son mucho más que otros. Estése tranquilo, porque lo suyo tiene muy buena pinta. El miércoles sabremos más. Buenas noches, y disfrute del partido”.

“Qué manía”, pensé para mí, “pero si yo no soy futbolero”.

Estaba de “Rodríguez”; Milagros se había marchado a casa a atender a nuestros hijos, y estando yo tan bien y sin fiebre ni molestias, no tenía sentido que ella me acompañara durante la segunda noche. Bajé un poco el volumen de la tele y seguí disfrutando de una tranquila velada de lectura con la última novela de Eduardo Mendoza que me había traído. Con el partido del Madrid en 2:0, me venció el sueño y apagué la luz.

(Hoy sé que hay aproximadamente 70 tipos de cánceres distintos: carcinoma, melanoma, linfoma, sarcoma, carcoma… Bueno, éste último me suena mucho, pero no estoy seguro de que efectivamente sea un cáncer. Consultaré en la Wikipedia o en Google, por si acaso).

Efectivamente, a la mañana siguiente me trajeron unos antibióticos para seguir tomando durante tres días, una lista de instrucciones sobre como cambiar el apósito que cubría mis grapas, un volante con la cita del miércoles, 14:05,… y el alta. Ah, se me olvidaba, y la “Encuesta de Satisfacción de Pacientes”, con la petición de rellenarla con mis opiniones. Seguía el tono profesional y de atención máxima al cliente; uy, perdón, al paciente.

Fuera del Hospital, en la calle, llovía a mares. Era el jueves, 08.05, a las 10 de la mañana. Todo había ido como la seda, y tal y como habían previsto los de MD Anderson. 

Milagros salió a por el coche, y yo me quedé unos momentos en la Recepción del Hospital, pensando en lo paradójica que puede ser la vida a veces. ¡Qué suerte estaba teniendo yo hasta el momento dentro de la desgracia! 

En la Recepción del Centro Oncológico MD Anderson hay instalados grandes acuarios con preciosos peses tropicales de colores. Mirando los movimientos de los peces, vi con claridad la segunda gran paradoja: un centro dedicado al cáncer, pero lleno de piscis. “¡Estos tipos serán buenos médicos, pero del Zodiaco no tienen ni idea! Tengo que indicarle al Doctor esta paradoja”, pensé para mí.

Fuera escuché una bocina. Era Milagros con el coche. Tomé mi bolsa, abrí el paraguas y salí a la calle.

“Un día en el Hospital”, muy completo e intenso, estaba llenando a su fin.

Por: Günther Halterman

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