cardio-oncología

Los avances en la detección precoz y el tratamiento del cáncer han aumentado de forma significativa la supervivencia de los pacientes que, en algunos casos, alcanzan tasas de supervivencia del 90% a cinco años. Aun así, aproximadamente un 50% de los supervivientes de cáncer presenta algún tipo de secuela física, psicológica o cognitiva secundaria al tratamiento.

Son varios los estudios que han demostrado que el tratamiento oncológico, ya sea con radioterapia o quimioterapia, multiplica por tres el riesgo de complicaciones cardiovasculares a medio y a largo plazo, afectando al pronóstico vital de los pacientes . De hecho, la toxicidad cardiovascular secundaria a los tratamientos oncológicos es actualmente la causa más frecuente de mortalidad en mujeres que sobreviven a un cáncer de mama o linfoma de Hodgkin .

En este sentido, la Dra. Teresa López, del Servicio de cardiología del Hospital Universitario La Paz de Madrid y coordinadora del programa científico del primer ‘Simposio Internacional de Cardio-Oncología’, organizado por la Sociedad Española de Cardiología (SEC) y Fundación Española del Corazón (FEC) junto con la Fundación Ramón Areces y la participación de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), señala que, «los efectos son muy diversos y dependen del tipo de fármaco o del tipo de radioterapia«. Con respecto a esta última, la más peligrosa desde el punto de vista cardiológico es la radioterapia torácica, sobre todo cuando se radia el mediastino como en los linfomas y la mama izquierda; Según la especialista, «la radioterapia produce daños a nivel del miocardio, del pericardio, de las coronarias y del tejido valvular, lo que deriva en insuficiencias valvulares, enfermedad coronaria precoz, perdida de fuerza del corazón y patología pericárdica«. El corazón es un órgano muy radiosensible, pero «afortunadamente«, tal y como apunta López, «las técnicas de radiación actuales han logrado reducir muchísimo la dosis de radiación que llega al corazón«.

Con respecto a los fármacos utilizados en quimioterapia, los efectos secundarios cardiovasculares más conocidos están ligados a las antraciclinas (uno de los fármacos clave en el tratamiento de muchos tumores). Las antraciclinas producen daño directo sobre las células del miocardio causando disfunción ventricular.

Tanto es así que el riesgo de desarrollar insuficiencia cardiaca es diez veces superior después de recibir antraciclinas que tras un infarto no complicado. Por ese motivo, las guías de práctica clínica en insuficiencia cardiaca (American College of Cardiology Foundation y la American Heart Association) consideran la quimioterapia como un factor de riesgo cardiovascular. Sin tratamiento adecuado la miocardiopatía por antraciclinas tiene una mortalidad que alcanza el 60% a dos años.

Otro de los grandes problemas de la toxicidad cardiovascular es que obliga a suspender o modificar el tratamiento oncológico previsto hasta en un 20% de pacientes, con el consiguiente aumento en el riesgo de mortalidad oncológica.

La buena noticia es que la cardiotoxicidad secundaria al tratamiento oncológico es una causa evitable de insuficiencia cardiaca y en la mayoría de los casos (en torno a un 80%), el tratamiento precoz de la disfunción ventricular mejora la supervivencia libre de eventos (reduce el riesgo de complicaciones cardiovasculares graves de un 29% a un 5%). «No podemos ser tolerantes en el manejo cardiovascular de los pacientes con cáncer ya que los retrasos en el diagnóstico y en el tratamiento reducen las probabilidades de recuperación de la función ventricular; así, cuando se ha desarrollado insuficiencia cardiaca sintomática la probabilidad de recuperación completa se reduce a pesar de recibir un tratamiento óptimo«, manifiesta la Dra. Teresa López.

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