El masaje Kobido, cuya traducción es “antiguo camino hacía la belleza”, ha sido concebido no solo como un masaje estético sino como un masaje ligado al concepto de salud. Deja la piel rejuvenecida y su acción llega a otros puntos de nuestro organismo.

Se suele decir que nuestra cara es el reflejo del alma, pero también lo es de nuestro cuerpo. Cada fracción del rostro nos lleva a una parte del organismo. Por ejemplo, la nariz está en relación con el sistema nervioso y algunas funciones del sistema digestivo; la parte superior de los labios corresponde al estómago; la parte inferior, al intestino; los pliegues nasogenianos muy marcados indican un trastorno del intestino (colon). Es así para cada centímetro de nuestro rostro. Más allá de la pura estética, nuestras facciones cuentan una historia, la de nuestro estado anímico y físico.

¿En qué consiste el Kobido?

Para saberlo, he acudido a la consulta de Natacha de Cortabitarte, terapeuta y alumna del Dr. Shogo Mochizuki, médico y maestro de Kobido en Japón en la Maison Kobido. En esta maison se transmite la técnica de 48 masajes de maestros a alumnos desde hace siglos.

El Kobido se basa en la digitopuntura, es decir, utiliza los puntos de la acupuntura pero sin agujas. Durante unos 50 minutos, he tenido la sensación de que sus 10 dedos bailaban literalmente en mi cara. Una coreografía suave, placentera hasta tal punto que me dio la sensación de que me iba durante unos instantes.

Natacha me explica que trabaja sobre el sistema nervioso. El masaje es completamente simétrico y trata los dos hemisferios continuamente, mejorando la condición de la piel, estimulando el sistema nervioso, la circulación de la sangre, el sistema linfático, y a su vez, el flujo de la energía vital (Chi).

Para realizar el masaje, utiliza productos veganos, naturales al 100 %, que no provocan en principio alergia o intolerancia.

Una vez en la camilla, Natacha empieza a hacer movimientos muy suaves en forma de círculos y semicírculos en mi rostro. Es la primera etapa, que me va a preparar para recibir la segunda parte del masaje: estiramientos de la cara. Natacha no habla, pero con sus gestos me hace entender que debo mover mi cara hacia la izquierda. Sigue con presiones muy delicadas y pequeñas. Noto cada milímetro de mi piel bajo sus dedos, creo que nunca nadie me ha tocado el rostro de esta manera. Tiene 10 dedos pero parece que tiene muchos más; el gesto es continuo. Percibo que se vale de lociones para masajear y seguir masajeando. Sigue su trabajo en la derecha, y lo que era una sensación desde el principio se hace cada vez más obvio. Si bien es verdad que me está tocando la cara, también me doy cuenta de que mi cuerpo se tranquiliza, particularmente, el cuarto chakra (centro del pecho). Entro en un estado de paz, de tranquilidad. Mientras disfruto esta deliciosa condición, Natacha sigue durante la tercera etapa moviendo mi piel, a veces lentamente y otras de forma más rápida para activar la circulación, destruir las células muertas y promover la producción de elastina y colágeno; es el momento ‘lifting’. Al final de la sesión noto que utiliza una herramienta; me parece que es una bolita de metal al tacto, pero se trata de un cuarzo que calma la piel.

La sesión se acaba y noto una paz interior increíble. Natacha me comenta que ha insistido en masajear puntos que siente débiles y me pide mirarme al espejo. ¿A quién no se le ha dicho después de 15 días de vacaciones ‘qué buena cara tienes’? Pues me siento así. La cara descansada, luminosa, sin rastro de tensión… pero por dentro también me siento igual. Una gozada.

El Kobido está indicado tanto para mujeres como para hombres, pacientes como no pacientes. Ya sabemos que los tratamientos afectan a la piel y la dejan apagada. Es una forma muy agradable de verse mejor en el espejo mientras nos dejamos mimar en un ambiente muy tranquilo con música relajante. En un principio, se aconseja una sesión cada semana durante tres semanas y luego una al mes o para una ocasión especial. El coste es de 60 euros para una sesión de 50 minutos.

 

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