María San Gil

Maria San Gil

50 años ago

María San Gil

Maria San Gil

 

Fortaleza y sensibilidad

 

A María San Gil le diagnosticaron un cáncer de mama en 2008 y, al igual que muchas mujeres,  tuvo que dejar de forma temporal su trabajo para recuperarse. No dudó en anunciarlo de manera pública.

¿Qué tal estás?

Muy bien ¿y tú? (Risas). Estoy muy bien, estoy ya de alta, ya estoy fenomenal.

No dudaste en decir públicamente que tenías cáncer. ¿Por qué lo hiciste, por razones políticas obvias o también por necesidad de hablar de la enfermedad en voz alta? Te lo pregunto porque, hace meses, una ministra francesa anunció que padecía un cáncer de mama, lo que dio pie a muchos comentarios. Se escucharon las palabras valentía, vergüenza y privilegios, entre otras.

Lo viví de forma mucho más sencilla. Entendía que iba a desaparecer de la primera línea política durante una temporada y que tenía que explicar por qué. Pero sin darle ni más ni menos importancia… Tenía cáncer, pero para mí era igual que si me hubieran  tenido que operar de apendicitis; lo asumí con bastante naturalidad, y desde luego no fui consciente de la repercusión que iba a tener. Mi padre había tenido cáncer, y en casa lo habíamos vivido con mucha preocupación; pero salió muy bien de aquel cáncer, y quizás por eso, por haber tenido este caso tan cerca, no me asustaba tanto.

¿Crees que decir que tienes un cáncer es ser valiente, aún más cuando eres una persona conocida?

No, que va, es ser sincero. El cáncer es una enfermedad que aterroriza, pero también hay que quitarle importancia hablando de la gente que sale adelante. Tenemos que esforzarnos todos por quitar al cáncer esta connotación de enfermedad mortal.

¿Tuviste privilegios (taxis, citas) al ser una política?

Me traté en el Oncológico de San Sebastián, hospital público donde hay equipos y médicos fantásticos. No sé si tuve privilegios o no, pero creo que no.

¿Te parece normal que en nuestra sociedad la palabra “cáncer” sea tan difícil de decir?

Durante muchos años, era una enfermedad mortal, lo tenías y te morías. Cuando en agosto de 1991 detectaron a mi padre un cáncer de garganta, pensamos que se iba a morir. Sin embargo, vivió cinco años más, y murió de otra cosa. En mi casa vimos que lo podías vencer, y eso que no era un cáncer fácil. Al final, todos tenemos a alguien cercano que ha padecido esta enfermedad y se ha curado, agarrémonos a esto.

¿Quién debe transmitir este mensaje en nuestra sociedad?

Creo que es responsabilidad de todos desmitificar el cáncer. Hay que seguir investigando y hablar mucho de prevención, hay que contar que prevenir en muchos casos es curar. Desde el ámbito político y médico, hay que concienciar a la gente a hacerse revisiones a tiempo para evitar disgustos posteriores.

Nos asusta ir al médico. Tengo amigas a las que tengo que perseguir para que vayan al ginecólogo porque les da miedo, y yo les digo que el susto se lo van a dar mucho más cuando el resultado sea malo.

¿Cómo viviste tu cáncer de mama?

Nunca tuve miedo en el sentido de pensar que me iba a morir. Sabía que tenía una enfermedad grave, pero yo soy muy confiada y el médico me dijo que había tenido muchísima suerte porque me lo habían cogido muy a tiempo. Me operaron para quitarme un trozo de la mama, ni siquiera me hicieron una mastectomía. Esto fue un golpe, pero tampoco fue para tanto; lo pasé peor cuando me dijeron que me tenían que radiar. Yo había entendido que ya estaba, que me habían operado y se había terminado la historia; y en lugar de pensar que era muy suertuda porque no había tenido quimio, pues sí, el tema de la radiación me hundió un poco. Eran muchas sesiones, y yo quería irme a trabajar y olvidarme de todo.

¿Qué pensaste y qué sentiste en el momento en que te lo comunicaron?

Me hacía una revisión ginecológica todos los años, y recuerdo que comenté a una colaboradora mía que no podía tener nada ahora porque llegaban las elecciones municipales y nada indicaba que pudiera haber algo. Me hicieron exámenes y fue muy rápido: mi médico me mandó inmediatamente al oncólogo que me lo diagnosticó. Luego, lo vas digiriendo muy poco a poco.

¿Te sentiste cuidada por la forma de decírtelo, sentiste el lado humano de los médicos?

Mucho, la verdad es que mi ginecólogo, el Dr. Ayllón, fue impecable; y el oncólogo-cirujano, el Dr. Alberro, las enfermeras…, todos lo hacen como muy natural, te lo explican con mucho cariño y respeto. Para mí, me lo explicaban demasiado, yo no quería saber nada.

¿Qué es lo que más te sorprendió en positivo?

Aunque yo positivé mucho todo, cuando me encontraba a las ocho de la mañana con el radiólogo, sí me sorprendió el clima de solidaridad tan cálido que se generaba, y eso que lo pasábamos mal.

¿Cómo lo vivió tu familia?

Mis hijos eran muy pequeños, no se enteraron de nada; mi madre, con un susto espectacular; y a mi marido, le costó ubicarse; nadie se lo esperaba. Lo hice todo sin contárselo, solo les dije que me iban a operar una semana antes de pasar por el quirófano; cuando me detectaron aquello y tuve que hacerme los análisis, pensé que para qué se lo iba a contar si no era nada. En casa conté que me iba a trabajar, en el trabajo dije que tenía gastroenteritis, y me fui a la Oncológica a hacerme las pruebas.

¿Nunca tuviste miedo?

Yo ya vivía una situación de bastante miedo. En el País Vasco convivía con el miedo físico de que pasara algo, había pasado años muy complicados y pensaba que no me tocaba; de esto, estaba convencida que no me iba a morir. Cuando matan a un compañero tuyo delante de tus ojos, eso impacta tanto… Creo que eso me ha servido para, en la vida, saber encajar los siguientes golpes.

Cuando me anunciaron que me iban a operar, no estaba sola, estaba con una colaboradora mía que me acompañaba todo el día; y no se lo conté en ese momento a mi familia porque sentía que ya les daba suficientes malas noticias sobre mi trabajo habitualmente.

¿Tus relaciones con tu familia cambiaron, se volvieron más protectores? Pareces una mujer muy fuerte…

Soy muy floja; doy la imagen de ser una mujer fuerte, pero soy más floja… No, no cambió nada. Lo pasé mal por lo de la radiación, empecé yendo en bici y acabé con un cansancio brutal. Perdí diez kilos, estaba muy hundida y no quería hablar con nadie.

Al no recibir quimioterapia, no perdiste tu pelo, ¿pero sentiste que estabas perdiendo tu feminidad?

No, tengo varias cicatrices en la zona pectoral; no me resultó traumático a mí y tampoco a mi pareja.

¿Cambió de alguna manera tu relación con tu marido? Es uno de los miedos de muchas mujeres al enfrentarse al cáncer de mama.

Para nada. Si a él le ha importado, nunca me lo ha transmitido, ha sido de diez. Los dos dimos protagonismo al cáncer.

¿Te sueles cuidar? ¿Modificaste tus hábitos durante o después de la enfermedad?

Antes fumaba mucho, no hacía deporte y trabajaba 17 horas al día. Eso cambió completamente,  porque incluso dejé de trabajar tanto. Mi alimentación ha cambiado porque ahora cocino yo, y como más verduras y frutas porque me apetece, pero no porque haya estado enferma. Eso sí, después del cáncer dejé de fumar.

¿Temes las revisiones?

Los meses de junio, lo paso mal, sí; es curioso, cada día lo temo más. Cuando no estaba dada de alta, lo veía como que no iba a pasar nada, pero ahora pienso más a menudo en eso. ¿Cómo no vamos a tener miedo? Además, he tenido tanta suerte la primera vez…

¿Cambió tu forma de ver la vida, tu forma de verte, tu idea de quien era María San Gil? ¿Te aportó la enfermedad algo positivo?

Lo superé; he podido también con esto y me ha fortalecido. Pero creo que también tiene algo que ver con la edad, disfruto más, todo me parece un regalo.

¿Cuál fue la reacción de tu entorno laboral?

Muy buena, la gente fue muy cariñosa; nunca me hubiera imaginado que iba a tener semejante repercusión. El otro día, en el aeropuerto, se me acercó una señora preguntándome si me había curado y diciéndome que había rezado por mí. Es maravilloso.

¿Has vuelto a trabajar?

Sí, debo llegar a fin de mes. Dejé la política, pero no me influyó el cáncer; quizás me haya ayudado a tomar la decisión, pero no fue la causa. Colaboro con la Fundación Villacisneros, fundación familiar, que trabaja para las víctimas del terrorismo. Es una fundación sin ánimo de lucro que defiende valores como la dignidad, la vida, el humanismo cristiano y la humanidad. Estoy para hacer muchas cosas todavía.

 

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