Psicología

Pablo d’Ors: el eco del silencio interior
Pablo d’Ors: el eco del silencio interior

Pablo d'Ors. Foto Manuel Charlón

50 años ago

Pablo d’Ors: el eco del silencio interior

 

 

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De tanto estar conectados a todo y con todos, de tanta actividad, de tantas ganas de tener de todo y de tenerlo ya… de tanto ruido, en definitiva, hoy, es un hecho que hemos perdido la conexión con nosotros mismos. La 12ª edición de “Biografía del Silencio” (Siruela) no deja lugar a dudas. Con más de veinte mil ejemplares vendidos, este ensayo del escritor y sacerdote Pablo d’Ors, capellán del Hospital Ramón y Cajal, ha hecho eco en esta sociedad que pide a gritos escucharse.

Pablo, ¿nos puedes contar por qué empezaste a meditar?

Meditar es una práctica de silenciamiento; de un modo u otro todos buscamos ese espacio de silencio. Yo, personalmente, como escritor y también como sacerdote comencé a sentir esa necesidad hace mucho tiempo, medito desde hace más de 30 años; aunque de forma más rigurosa y sistemática, diría que desde hace solo una década. El silencio es mi práctica espiritual más importante.

¿Por qué escribiste el libro? ¿Esperabas este éxito?

Este libro, como todos, no nace de una idea sino de un hallazgo. Realmente, yo estaba escribiendo un diario sobre mi propia experiencia de meditación, pero de pronto me encontré con que era un libro.  Se trata de un ensayo narrativo, es una confesión de mi propia vida interior. Y no esperaba tanto éxito, no. Escribir para mí es algo manual, escribo y luego me encuentro las ideas, no al revés. La mano es más inteligente que la cabeza. Es lo que significa la vida espiritual, tener una confianza grande en el cuerpo. La motivación de la escritura y de la meditación no es comunicar, es asistir a la revelación de lo que te dicen las palabras o el silencio.

¿Por qué ves en la meditación un arte?

Porque la meditación, igual que el amor, la literatura o las artes en general, no tiene como punto central el método o la técnica. Puedes tener una meditación formalmente perfecta, con pocas distracciones, pero eso no te pone en contacto con tu centro. Por el contrario, puedes meditar de forma descentrada, pero como hay rectitud de intención, pureza de corazón, sí conectas con el misterio y con lo auténtico. Por eso, hablo de arte. La técnica ayuda a la pureza de corazón, pero es auxiliar. La gente va para aprender la técnica, pero lo central es la actitud.

Dices en tu libro que “iniciarse en la meditación supone haber llegado a un punto en el que ya no te consientes apuntar a las circunstancias o culpar a los demás” (…de lo que pasa en tu vida). ¿Eso significa que no todo el mundo está capacitado para meditar en silencio en cualquier momento? ¿Se puede recurrir a otros tipos de meditación? 

Fundamentalmente, hay dos tipos de meditación: reflexiva y silenciosa. Y dentro de esta última, encontramos la meditación budista y la cristiana, ambas de cepa religiosa. Luego está la versión laica, el mindfulness, que bebe de estas tradiciones.  Para mí, es importante diferenciar la “meditación” de la contemplación, que es más religiosa.  Meditatum en latín significa permanecer en el centro. Es un peregrinaje hasta nuestro propio centro, eso nos permite, hagamos lo que hagamos, hacerlo bien porque estamos centrados y es eso lo que buscamos cuando meditamos. “Contemplación”, que se utiliza en el cristianismo, viene también del latín, contemplatio, y significa estar en el templo. Estamos habitados, está Dios dirían los creyentes. Al final, dan igual los términos porque la práctica en silencio es idéntica en los dos casos, religiosa o no.  Todos estamos llamados a tener una vida corporal, mental y espiritual, es una vocación universal.

La meditación: apta para todos

La meditación es apta para todos, salvo que por circunstancias de la vida, no todo el mundo pueda llegar. Para una persona sin recursos económicos será más difícil porque pensará antes en el cuerpo que en el espíritu. Es un hecho que la meditación es para privilegiados. Nuestra sociedad está basada en el hacer; pero si no se construye desde el ser, las cosas tienen poco fundamento, y eso da pie al caos, al frenesí.  Por eso debemos trabajar nuestro ser interior.

Escribes en tu ensayo: “Para meditar no importa sentirse bien o mal, contento o triste, esperanzado o desilusionado. Cualquier estado de ánimo que se tenga es el mejor estado de ánimo posible en este momento para hacer meditación”. ¿Van a hablar contigo pacientes a los que acaban de diagnosticar una enfermedad? 

Sí, algunos sí. La realidad es que cuando uno empieza a hacer meditación, casi siempre lo hace para resolver algún problema en su vida. Es un proceso de vaciamiento, donde el ego tiene cada vez menos importancia porque es la única manera de dejar entrar lo esencial. Cuanto más avanzamos, más nos alejamos de la razón que nos ha llevado a meditar. Los pacientes mismos se dan cuenta con el tiempo de que la meditación requiere un cambio de estilo de vida donde el silencio y la pobreza espiritual tienen su importancia. Se trata de un estilo de vida, esto es muy importante. Si no es así, se convierte en un producto de consumo más.

La comunidad científica trabaja en la meditación. Se ha demostrado la capacidad del cerebro para cambiar la neuroplasticidad, eso significa que en cualquier momento de nuestra vida podemos modificar nuestro esquema mental, basta con ejercitarlo ya que es un músculo. Además, otros estudios demuestran que trabajando sobre el cerebro a través del estímulo (para más información, cf.*) se nota una notable mejoría en temas de ansiedad, miedos, etc. ¿Nos puedes explicar qué te ha aportado la meditación a nivel personal, los cambios que has notado? 

En primer lugar, la lucidez mental; en la meditación dejamos más espacio interior, lo que da pie a mayor claridad mental a la hora de saber lo que debes hacer y hacerlo. Luego, el coraje: tienes una capacidad de acción más rotunda y directa porque tienes menos dudas. Lo que nos hace actuar de manera titubeante son las dudas. El tercer fruto es la compasión. El silencio va abocado a la solidaridad o amor al otro. No es una aristocracia espiritual, es una conciencia progresiva en la unidad de todos con todos, estamos hermanados. El último es la alegría. Si vives lúcido, con coraje y compasión, tu ser es alegre. Y por supuesto, la paz interior, la serenidad. Pero eso no llega sin guerra; llegar a la paz practicando la meditación es un mito; es decir, que debemos atravesar zonas de sombra para llegar a ella, y eso es doloroso.

¿Cómo te ha ayudado la meditación a la hora de acompañar a los enfermos?

La relación con enfermos es una relación de escucha fundamentalmente.  Deberíamos dedicar media hora como mínimo a nuestro ser interior. Si tratásemos nuestro cuerpo como nuestra alma, estaríamos fatal físicamente. Estamos infradesarrollados espiritualmente porque todo el mundo nos dice que la vida interior es importante, pero nadie nos dice cómo hacerlo. Cultivar la vida interior no es difícil y es la gracia del asunto. Lo difícil no es meditar sino querer meditar. Pero como todo, tiene su procedimiento.

Escribes que “el mal se debe aceptar… sonreír ante el sufrimiento es una forma de neutralizar su veneno”. Parece imposible hacerse a esta idea padeciendo una enfermedad… ¿Nos puedes revelar en qué “ser consciente” puede ayudar a un paciente durante este proceso?

Te pongo un ejemplo: si tienes una herida y está sangrando y no haces caso a esta herida, lo más normal es que te desangres. La manera de curar la herida es entrar en ella. Con los males del alma, pasa lo mismo. Si no afrontas un mal y le das la espalda huyendo, el mal irá a peor.

Los supervivientes suelen decir que la enfermedad les ha permitido concentrarse y ocuparse de ellos; eso podría ser un ejemplo de lo que avanzas en tu ensayo “la convalecencia puede ser vivida como una merecida temporada de vacación”. ¿Piensas que la mente es parte integrante del proceso de curación del cuerpo?

Por supuesto, está clarísimo. Nuestro problema no es el mal, es el miedo. Eso es lo que nos hace sufrir, escapar. Vamos a sufrir mucho menos si nos enfrentamos a las situaciones. El dolor es nuestro maestro principal. Acompaño a moribundos, y la gente no sabe morir, mueren sin paz y no por miedo a la muerte, sino porque no han vivido bien.

¿Crees o tienes constancia de que tu acompañamiento ha influido en la forma en la que el paciente ha afrontado su enfermedad?

Me lo han dicho algunas personas, pero el trabajo me queda grande. En serio. Todavía no soy una persona suficientemente capacitada para hacer este trabajo. Tendría que tener una madurez espiritual mayor de la que tengo. No quiero decir que lo haga siempre mal, pero no lo hago siempre bien; al menos, es lo que siento. No lo digo por modestia sino por constatación.  La calidad del acompañamiento es muy importante; a veces es mejor estar solo que mal acompañado. La mayoría de las ayudas que dan los voluntarios con toda la buena intención del mundo no ayudan, todo lo contrario, porque hay lástima…

Acompañamiento…

Para acompañar a alguien, tú tienes que estar dispuesto a acompañarle, es decir, ir en su lugar a este sitio. Eso es el verdadero acompañamiento. Una persona vacía de sí misma por completo, sí está preparada. Ayudar a un enfermo significa escucharle, pero lo que solemos hacer es traducir mentalmente lo que nos dice, y eso no es escuchar. Además, no debemos cargar mental ni emocionalmente al enfermo, debemos acoger con pureza, sin emitir juicios ni contradecir lo que se nos dice. Finalmente, debemos devolver lo que recibimos sin la dosis de ansiedad con la que nos lo han dado, eso significa que debemos estar serenos por dentro. Eso sí que es un proceso sanador porque bajamos los niveles de ansiedad y nos olvidamos de la compasión. Creo que nuestros centros de salud están deficientes a nivel de atención psicológica y religiosa también.

¿Qué te aportan los enfermos?

El enfermo es un espejo de nuestra propia indigencia, no es alguien a quien ayudar sino un espejo de ti. Lo que nos da miedo de los enfermos es que nos recuerdan que nosotros mismos  enfermaremos y moriremos.  No son unos “pobrecitos” a los que estás ayudando; con ellos aprendes que eres tú, y eso nos hace fuertes.

Hablas de tus maestros. Si la meditación es una interiorización, ¿en qué nos va a ayudar tener a un maestro a nuestro lado? ¿Practicarla en grupo es un plus?

Sin duda. El principal maestro es el maestro interior. Somos más sabios de lo que nos imaginamos. Pero necesitamos que otros nos despierten. Y hay personas que están con un nivel de humanidad y de espiritualidad superior al nuestro. He tenido la suerte de encontrar a tres que me ayudaron mucho. No es lo mismo meditar en silencio estando solo que en grupo. La comunicación no solo es verbal. Y lo aconsejo vivamente porque es un camino duro, y si no te acompañan tarde o temprano claudicas por lo difícil que es. Tener a una persona o a un grupo a tu lado, aunque sea una vez al mes, es necesario.

¿Qué responderías a la gente que piensa que meditación es sinónimo de aburrimiento?

Pues que es verdad, es muy aburrido. Cuando practicas la meditación, te encuentras con tu propia estupidez. Si la soportas, de vez en cuando encontrarás un rayo de luz.

Por: Valérie Dana Fotos: Manuel Charlón

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