Sociedad

Sin distrito ni estafeta
Sin distrito ni estafeta
49 años ago

Sin distrito ni estafeta

Nuevo relato de Rosi Serrano…

Lo prometido es deuda, te dije que tendrías noticias mías asiduamente. Pero el móvil lo utilizaré solo en caso de emergencia.  “¡No me llaméis”. Fueron mis últimas palabras. Y recalqué: “Salvo en casa de urgencia”.

Nadie entendió mi postura, como muchas otras. Nací siendo rebelde. Y pensásteis que esta era otra de mis rebeldías. Dejé que lo hicieseis.

Expresé el deseo de realizar el camino de Santiago, sola; necesitaba hacerlo así. Juan y la niña se han quedado en casa. Dije que a la vuelta de este viaje las cosas cambiarían. “¿Mamá, dónde te vas de viaje; te vas muy lejos?”, me preguntó Claudia. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no abrazarla hasta hacerle daño al decirle que mamá no se irá lejos de ella, nunca. Aún parece que estoy acariciando su cabello, explicándoselo.

“Mamá se va de viaje, pero de este regresa…”, no te preocupes. ¡Es tan bonita y pequeña mi niña, mamá! ¿Cuántas veces me has dicho que se parece a mí cuando tenía su edad? Infinitas.

Hasta hoy, no me he sentido con fuerzas para sentarme a escribirte esta carta, que seguramente no llevará ni distrito ni estafeta…, porque su destino es incierto. Todavía no sé lo que haré con ella…, pero necesito hablarte de esta manera. Tú y yo, solas.

Estoy cerca, solo me quedan unos kilómetros para llegar al final del camino. Estoy deseando vivir ese momento que dicen que es mágico…, cuando subes la cuesta y vislumbras los campanarios de la catedral. ¿Recuerdas, madre, aquel día que estábamos en la plaza del Obradoiro e iban llegando los peregrinos?

Yo no entendía todo aquel jolgorio, pero me llevaste a un banco de piedra y me sentaste allí, con mi espalda en la fachada del hostal de los Reyes Católicos, antaño el hospital de los peregrinos. Y abrochándome el gorrito de lana, me dijiste: -Observa lo que sucede a tu alrededor.

Yo no entendí lo que querías decirme en aquel momento, pero con mis ojos grandes como platos quise atrapar todo lo que allí acontecía.

Ahora, iban llegando personas solas como yo, y según he ido avanzando he ido encajando las razones y ordenando con prisa mis ideas para ubicarme en la realidad, como si un orden invisible, hiciese girar mi universo en órbitas.

Parejas que sonreían, se abrazaban y se tiraban  al suelo cogiéndose de las manos, acariciándose con la mirada y volviendo a sonreír.

Personas en grupos que iban depositando sus mochilas en aquel suelo empedrado, mudo testigo de años de historias. ¡Ay, si las piedras hablasen!, murmurabas una y otra vez. Yo también quiero hacer el camino de Santiago, como ellos…, demostrando coraje y valor en cada uno de sus pasos. Vi a papá sonreír mientras nos hacía una fotografía, que quedaría  perdida entre  las páginas de alguno de los libros que habitan en la estantería del salón.

Hoy llueve madre. Es esa lluvia débil que llaman chirimiri, o sirimiri, o… dependiendo de los pueblos por los que pasas.

Aun así, he salido del albergue, y con el chubasquero y la mochila a cuestas, he emprendido mi camino. A veces resulta complicado sortear ese camino, con las piedras incrustándose en las suelas de mis zapatillas. Ya me aconsejaron que llevase unas buenas botas…, pero ya me conoces, siempre llevando la contraria a las normas. Y así estoy siempre, con los pies helados. El orballo, como llaman aquí al rocío, es quien me da la bienvenida cada mañana al alba. Soy feliz caminando y encontrando buena gente, madre.

A veces, me pregunto si no será porque no quiero pedir las cosas que necesito. Debería hacerlo, debería ser menos egoísta y pensar más en vosotros.

Hace unas semanas recibí una llamada. Estoy pensando si no hubiese sido mejor que de alguna manera me hubiese llegado una carta, como la que te estoy escribiendo ahora.

Al menos hubiese tenido la oportunidad de poder acariciarla con mis manos temblorosas mientras la abría. Y que en esos segundos interminables, mientras arrancaba un trozo del sobre y desplegaba la carta, me sentiría aliviada al saber que vuestra pena ahogaría la mía.

Pero no fue así, recibí una llamada a primera hora de la mañana, y la voz de una mujer de más o menos de mí edad me decía que pasara por la consulta del Dr. Cid, a ser posible ese mismo día.

Si hubiese leído el diagnóstico sobre papel este hubiese resbalado de mis manos. Mamá, lo que sucedió en aquella consulta te lo contaré a la vuelta, te daré la peor de las noticias que una madre pueda recibir… Por eso estoy aquí… para darme cuenta de que quiero hacerme mejor persona. Dicen que este camino cambia a la gente, y yo quiero invertir mi recorrido, creo que ya lo hice en el primer momento que el polvoriento camino me dio la bienvenida y comencé a andar, a menudo bajo un sol de justicia que parece querer fundirme en plomo líquido.

Pero llegaré, madre, el domingo. ¿Recuerdas cuando me vestías con el vestido blanco de fiesta? Siempre te acompañaba la inquietud, de que lo manchara y me perdiera los arrumacos de la abuela a la salida de la iglesia. Ahora no importará en qué estado llegue, porque lo que deseo es abrazaros con todas mis fuerzas y manchar vuestros vestidos con el roce de mis labios.

Sé que estaréis allí esperándome. Conozco a Juan y os llevará. Y deseo que lo haga, porque ahora, más que nunca, os necesito.

No quiero que me dejéis sola ante el camino que voy a comenzar la próxima semana. De repente, me he dado cuenta de que todo esto es desconocido para mí. Durante estos días, me he preguntado cuántas veces quiero estar con vosotros.

La suma ha resultado sencilla. Siempre.

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